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Tag : Proactividad

By Alicia Vallespi

Vivir en tiempos inciertos

Amar, trabajar, o emprender en tiempos inciertos. Podríamos haber titulado este post con cualquiera de estos enunciados; aunque finalmente lo podemos resumir en “vivir en tiempos inciertos”, ya que la incertidumbre forma parte de todos los ámbitos de nuestras vidas.

En general nos encanta la sensación de seguridad, de hecho, es algo que buscamos constantemente, pero la realidad es que vivimos en un mundo cada vez más incierto, volátil e imprevisible. Nos guste o no, la incertidumbre forma parte de nuestras vidas. Podemos decidir convivir con ella y aceptarla como una posibilidad para aprender y mejorar o bien luchar contra ella perdiendo la energía y obteniendo frustración como único resultado.

Aprender a lidiar con la incertidumbre es uno de los aprendizajes más saludables y útiles que podemos llevar a cabo.

Zygmunt Bauman, autor de “Tiempos líquidos”, “Amor líquido” entre otros,  habla de tiempos líquidos para caracterizar la época que nos toca vivir. Este pensador aporta un concepto clave para poder comprender la realidad actual al definir a nuestra época como líquida. Lo fluido es una sustancia que modifica su forma, que no permanece a lo largo del tiempo. Ese es el rasgo de nuestra modernidad que, en contraste con la del pasado, confronta al ser humano con nuevos desafíos que debe resolver a diario. Ya hace mucho tiempo que quedó atrás la aspiración de un trabajo para toda la vida, o que difícilmente una relación es para toda la vida. Las personas hemos desarrollado hábitos más líquidos, en consonancia con esa realidad más líquida. Compramos ropa para una temporada, muebles para un tiempo limitado, en contraste con nuestras generaciones anteriores que todavía compraban su abrigo o sus muebles “para toda la vida”.

En este contexto, si pretendemos mantener el control sobre todo aquello que nos sucede, y caemos en la trampa de creer que podemos manejar al 100% el devenir de nuestras realidades personales, laborales, o afectivas, es muy probable que sintamos intranquilidad, desasosiego, ansiedad, ya que una buena parte de lo que nos sucede no está en nuestras manos y no lo podemos controlar.

Si aceptamos que sobre algunas situaciones no tenemos ningún control, y nos enfocamos en aquellas cosas sobre las que tenemos la oportunidad de hacer algo  y sobre aquellas que dependen de nosotros, como son nuestra actitud, nuestra respuesta, nuestras aportaciones, nuestra creatividad,…nuestra energía será más positiva y haremos disminuir nuestra espiral de preocupación.

 

En cambio, si nos centramos en aquellas cosas sobre las que no podemos hacer nada, las que no podemos controlar porque no dependen de nosotros, estaremos malgastando nuestro tiempo y nuestras energías, a lo que hay que añadir que generaremos un estado emocional en sintonía con la preocupación improductiva. Si optamos por elegir este enfoque negativo, es muy probable que esta actitud nos conduzca a la queja y al victimismo. Como partimos de la creencia de que no somos responsables de ninguno de los acontecimientos que suceden, somos incapaces de llegar a la conclusión de que no sólo se trata de buscar quién es el responsable, sino tener la constatación de que esta situación nos está afectando y que, por tanto, podríamos tratar de gestionarla de una forma diferente. Rechazamos cualquier intento de actuar porque pensamos que ninguna acción por nuestra parte merece la pena; por tanto, realizar cualquier esfuerzo nos parece inútil. Ante esta percepción, la opción más clara es lamentarnos de todo lo que ocurre y, claro, caer en el desánimo y generar frustración, rabia, enfado y en ciertos momentos hasta un punto de desesperación.

La pregunta mágica es ¿Cómo convivir con la incertidumbre en nuestra vida o en nuestro trabajo?

El cambio se produce cuando descubrimos que la clave está aceptar que la incertidumbre siempre estará ahí, y que es necesario seguir adelante, que nuestra felicidad no dependa de elementos externos y aprovechar las circunstancias inesperadas para descubrir nuevas oportunidades que, tal vez, mejoren nuestras expectativas.

Desvincular la acción del resultado de la misma. Lo importante es hacer cada pequeña cosa lo mejor que podamos y olvidarnos de los resultados concretos de esa acción. La vida no deja de sorprendernos, y  es muy probable que las cosas ocurran de manera diferente a como lo habíamos planeado.

Aceptar las situaciones y orientar nuestras acciones hacia todo aquello que, desde nuestro ámbito de actuación, podemos gestionar. Aceptar, que no hay que confundir con resignarse, nos permite partir desde la serenidad y nos da fuerza interior al saber que vamos a poner todo el esfuerzo, energía, ilusión y hasta pasión en todo aquello que queremos y sabemos que podemos hacer y eso, a buen seguro, nos va a hacer sentir mejor.

Fluir en nuestro presente, siendo conscientes de sólo podemos actuar aquí y ahora, ya que sobre nuestro pasado no podemos hacer nada, y nuestro futuro es todavía incierto. Rumiar sobre lo que ya fue o anticiparnos a lo que será, no nos aporta nada positivo.

Trabajar a fondo la resiliencia, nuestra capacidad de adaptación a las circunstancias, y de afrontar la adversidad. A menudo ante la incertidumbre nos decimos que debemos ser fuertes,  pero no es la fortaleza la que más nos va a ayudar, sino nuestra resiliencia. Si lo comparamos con las propiedades de los materiales, un objeto fuerte y rígido, ante una presión va a partir mientras que un objeto elástico se va a adaptar. Esa es la diferencia importante.

By Alicia Vallespi

¿pro-activo o pro-nomeresponsabilizo?

La idea de que estamos condicionados para responder de un modo particular a un estímulo concreto es aplicable a nuestras conductas más primarias, pero no para el resto. Ante cada cosa que nos pasa, tenemos la libertad interior de elegir la respuesta que queremos dar, y esta incluye los privilegios que nos singularizan como personas: autoconciencia, imaginación, conciencia moral y voluntad independiente. Tomar la iniciativa y responsabilizarnos de nuestras propias respuestas y de nuestras vidas es ser proactivo. Esto supone asumir nuestra responsabilidad. Responsabilidad también significa asumir las consecuencias de nuestras conductas o respuestas.

Cuando explico esto en mis cursos o talleres, siempre espero un momento para seguir hablando, porque suele  intervenir alguien diciendo algo como: “Claro, eso es muy fácil de decir…”, o “Eso que dices es fácil para las cosas sencillas, pero para las complicadas … “. Cierto, es fácil de explicar, y también es muy fácil de entender, pero no estoy en absoluto de acuerdo en que sea aplicable sólo para las cosas del día a día, aquellas en las que no nos jugamos mucho; al contrario, cuando es importante y necesario es en aquellas situaciones “difíciles” que nos ponen al límite. Ahí vale la pena tener entrenada esta competencia personal. Yo no digo que sea fácil de aplicar, no lo es, pero es muy saludable para nuestro bienestar y el de los que nos rodean.

Ninguna circunstancia, y ninguna es ninguna, lleva escrito en ninguna parte cómo debemos reaccionar cuando sucede, o ¿Porque diferentes personas responden de forma diferente ante la misma situación? La respuesta no depende de la situación, sólo depende de nosotros. Soy consciente de que esto suena a frase hecha, pero es así, sencillo y claro. Somos nosotros los que le damos a lo que nos sucede un significado de sufrimiento, de angustia, de insoportabilitat, de aceptación o incluso de oportunidad.

Me gusta poner el ejemplo de aquella madre que ante los comportamientos disruptivos de su hijo me decía: “Alicia, mi hijo me pone muy nerviosa” y yo le contestaba: “No, no es tu hijo que te pone nerviosa, tú te pones”. Ella creía que no la estaba entendiendo, y me volvía a repetir lo mismo. Claro que la entendía, lo que le quería explicar es que no es el niño el que con su conducta dispara los nervios de la madre, sino que la madre es la que está decidiendo perder la paciencia ante el comportamiento del hijo.

Cuando otorgamos a los demás o a las circunstancias el poder para hacernos sentir o responder de una forma tóxica para nosotros, también les estamos otorgando la fuerza para hacer con nosotros lo que quieran, les estamos cediendo nuestro poder interno, y en consecuencia nosotros quedamos anulados para decidir. Esta es la actitud reactiva. Una actitud en la que los demás tienen la culpa de lo que nos pasa, y nosotros no somos responsables de nada. Los adolescentes de eso saben mucho, cuando dicen cosas como “el profe me tiene manía”, “el profe me ha suspendido”… depositan toda la responsabilidad en el otro y ellos quedan fuera, como si no formaran parte de la situación.

Si nuestras vidas se desarrollan en función de los condicionamientos, es porque -por decisión o por omisión- hemos elegido otorgar a algo o a alguien el poder de controlarnos y es entonces cuando nos volvemos reactivos. Las personas reactivas se ven constantemente afectadas por su entorno físico, social, por sus circunstancias, por sus sentimientos. Las personas proactivas llevan con ellas su propio clima y aunque se ven influidas por los estímulos externos, su respuesta es una elección desde su libertad interior.

“Lo que nos duele, más que lo que nos pasa, es nuestra respuesta a lo que nos pasa”.

S.R. Covey

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