By Claustre Dasca

¿Es posible tener una comunicación eficaz con nuestros hijos adolescentes?

“No parece el mismo”, “no escucha jamás”, “haces más caso a tus amigos que a mí”, “parece que tengo que andar de puntillas, hablarle con suavidad para que no se ofenda”, “siempre acabamos discutiendo”, “ya no puedo más”…

¿Os suenan? Los padres y las madres que tenéis un hijo o hija adolescente en casa es posible que hayáis pronunciado alguna de estas frases o sus variantes.

Al llegar a la adolescencia, puede parecer que, incluso el hijo más dócil del mundo se vuelva rebelde. Si estáis experimentando esto, enhorabuena, tenéis un adolescente que camina a buen paso hacia su madurez!!

En esta edad empiezan a reafirmar su yo y es lógico que se enfrenten a aquellas personas de su alrededor que identifican como autoridad. Quieren imponer su criterio y, sin apenas saberlo, están experimentando para configurar su personalidad adulta.

Y ahí pueden venir los enfrentamientos. Pueden llegar a cuestionar todos y cada uno de los actos y argumentos adultos, defendiéndolos con aquella fuerza que les da la juventud, y que tanto puede agotarnos.

¿Es posible tener una comunicación eficaz con nuestros hijos e hijas?

¿Podemos tener una conversación no agresiva?

Os ofrecemos algunos puntos de reflexión, en los que suelen coincidir muchos expertos en comunicación:

  • No tomemos sus argumentos como un ataque personal. Ayudémosles a entender su propio malestar, como algo natural de su etapa de crecimiento.
  • Recordemos que somos sus padres y madres. No nos posicionemos como amigos/as, porque, aunque no lo parezca, continúan necesitando límites y normas.
  • Escuchemos de manera activa sus argumentaciones, aunque no estemos de acuerdo con ellas. Hagamos que se sientan respetados.
  • Busquemos espacios para hablar con ellos/as. Recordemos que a veces “hablaremos para ellos” (hazte la cama, ordena tu habitación), pero que tenemos que buscar momentos para tener un diálogo real.
  • No traslademos nuestras soluciones adultas a su realidad, ayudémosles a encontrar sus propias soluciones.
  • Escojamos “nuestras batallas”: quizás es mejor negociar un cambio de peinado, de manera de vestir… y reservar nuestras “fuerzas” o posiciones fuertes, para otras situaciones más complejas.
  • Evitemos “sentenciar” con nuestros argumentos, puesto que cerraremos el diálogo: “¿ves cómo tenía yo razón?”, “porque lo digo yo, y ¡punto!”…
  • Si sentimos que no podemos razonar de manera tranquila, puede ser un buen momento para posponer la conversación, o, si no es posible, recurrir a aquellos “remedios” que tenían nuestros mayores: “cuenta hasta diez”, “respira profundamente”…

Poco a poco, iremos viendo como van transitando, experimentando, hasta llegar a ser una persona adulta, independiente y autónoma.