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By Alicia Vallespi

Comunicación no violenta, otra forma de afrontar conversaciones difíciles

Saber comunicar claramente nuestras necesidades es una de las mejores habilidades que podemos desarrollar, para mejorar nuestra relación con nosotros mismos y con los demás, tanto a nivel personal como laboral.  Por el contrario, la comunicación basada en juicios sobre el otro, y el lenguaje que provoca miedo, vergüenza o culpa en una situación difícil, impide que las personas reconozcan sus sentimientos, necesidades y requisitos con claridad, la atención se desvía, las personas se ponen a la defensiva y los conflictos se intensifican porque esa “parte violenta” provoca represalias emocionales.

La comunicación no violenta enfatiza la importancia de expresar con claridad observaciones sobre la situación, sentimientos, necesidades y peticiones a los demás, o a uno mismo; siempre evitando el lenguaje evaluativo que etiquete o juzgue al otro.  Se trata de que las propias necesidades, deseos o anhelos no se satisfagan a costa de frustrar las necesidades de la otra persona.

Se cambia el juicio y la crítica por la expresión de sentimientos y deseos.

 

Cuando sentimos que hemos sido tratados o acusados injustamente, o cuando queremos imponer nuestros deseos, tendemos a utilizar una “comunicación violenta”, que se relaciona con juzgar, criticar, analizar, moralizar y acusar, y que lejos  de mejorar la situación, la empeora ostensiblemente.

Veamos cómo podemos aplicar la comunicación no violenta siguiendo unos sencillos pasos:

4 pasos para aplicar la COMUNICACIÓN NO VIOLENTA

PASO 1. Situación

Observa lo que está sucediendo y describe la situación sin emitir ningún juicio, hazlo de forma neutra, como si fueras una cámara de vídeo que está grabando, sin añadir opiniones ni interpretaciones:  
    Veo … / Oigo … / la situación es …

PASO 2. Sentimientos

Identifica y expresa tus sentimientos. Procura utilizar sentimientos que hablen de ti sin acusar al otro:
    Entonces me siento…  (tenso, ansioso, enfadado, deprimido, decepcionado, cansado…)

PASO 3. Necesidades

Descubre qué  necesidades insatisfechas se hallan en el origen de tus sentimientos:

    Mi necesidad es …/ porque me gustaría … / Deseo … / Necesito … (seguridad, comprensión, respeto, autonomía, confianza…)
PASO 4. Petición

Formula una petición, clara, positiva, factible. Una petición no es una exigencia ni un reproche!
    ¿Por favor podrías… / Estás dispuesto a hacer esto …? 

 

Por ejemplo, si en lugar de decir: “Eres un desastre, no hay forma de hablar contigo”, decimos algo como: “Cuando me dices eso (situación) me desanimo (sentimiento) porque necesito confianza en el hecho de que nos escuchemos (necesidad) ¿Podrías decirme cómo puedo hacer para mejorar nuestro diálogo? (petición)”.

O como: “Cuando veo tu reacción (situación) me siento confuso (sentimiento) y necesito tiempo para aclararme (necesidad) ¿Te importa que hablemos de esto más tarde? (petición)”.

Cambia bastante ¿verdad?

De la misma forma podemos empatizar con el otro siguiendo los mismos pasos:

“Cuando dices esto (situación) ¿Es porque te sientes cansado? (sentimiento) ¿Qué necesitas para sentirte mejor? (necesidad) ¿Puedo ayudarte en algo? (petición hacia el otro).

 

Practicar la comunicación no violenta nos ayuda adquirir habilidades de comunicación interpersonal eficaces para resolver conflictos, aumentar la cooperación y mejorar la atmósfera de trabajo o de convivencia. Aprendemos a dilucidar lo que estamos observando sin juicios, a identificar lo qué estamos sintiendo y a expresar qué queremos de nosotros mismos y de los demás.

“Cuando tomamos conciencia de nuestras necesidades, la furia da lugar a sentimientos útiles para la vida”.

Marshall B. Rosenberg

 

¿Te animas a practicar?

 

Si quieres saber más sobre la comunicación no violenta, Marshall Rosenberg es el autor de referencia:

Comunicación No Violenta – Un Lenguaje de Vida Marshall Rosenberg Gran Aldea Editores

“Center of Nonviolent Communication” Asociación para la Comunicación No Violenta creado por Marshall Rosenberg

By Alicia Vallespi

Vivir en tiempos inciertos

Amar, trabajar, o emprender en tiempos inciertos. Podríamos haber titulado este post con cualquiera de estos enunciados; aunque finalmente lo podemos resumir en “vivir en tiempos inciertos”, ya que la incertidumbre forma parte de todos los ámbitos de nuestras vidas.

En general nos encanta la sensación de seguridad, de hecho, es algo que buscamos constantemente, pero la realidad es que vivimos en un mundo cada vez más incierto, volátil e imprevisible. Nos guste o no, la incertidumbre forma parte de nuestras vidas. Podemos decidir convivir con ella y aceptarla como una posibilidad para aprender y mejorar o bien luchar contra ella perdiendo la energía y obteniendo frustración como único resultado.

Aprender a lidiar con la incertidumbre es uno de los aprendizajes más saludables y útiles que podemos llevar a cabo.

Zygmunt Bauman, autor de “Tiempos líquidos”, “Amor líquido” entre otros,  habla de tiempos líquidos para caracterizar la época que nos toca vivir. Este pensador aporta un concepto clave para poder comprender la realidad actual al definir a nuestra época como líquida. Lo fluido es una sustancia que modifica su forma, que no permanece a lo largo del tiempo. Ese es el rasgo de nuestra modernidad que, en contraste con la del pasado, confronta al ser humano con nuevos desafíos que debe resolver a diario. Ya hace mucho tiempo que quedó atrás la aspiración de un trabajo para toda la vida, o que difícilmente una relación es para toda la vida. Las personas hemos desarrollado hábitos más líquidos, en consonancia con esa realidad más líquida. Compramos ropa para una temporada, muebles para un tiempo limitado, en contraste con nuestras generaciones anteriores que todavía compraban su abrigo o sus muebles “para toda la vida”.

En este contexto, si pretendemos mantener el control sobre todo aquello que nos sucede, y caemos en la trampa de creer que podemos manejar al 100% el devenir de nuestras realidades personales, laborales, o afectivas, es muy probable que sintamos intranquilidad, desasosiego, ansiedad, ya que una buena parte de lo que nos sucede no está en nuestras manos y no lo podemos controlar.

Si aceptamos que sobre algunas situaciones no tenemos ningún control, y nos enfocamos en aquellas cosas sobre las que tenemos la oportunidad de hacer algo  y sobre aquellas que dependen de nosotros, como son nuestra actitud, nuestra respuesta, nuestras aportaciones, nuestra creatividad,…nuestra energía será más positiva y haremos disminuir nuestra espiral de preocupación.

 

En cambio, si nos centramos en aquellas cosas sobre las que no podemos hacer nada, las que no podemos controlar porque no dependen de nosotros, estaremos malgastando nuestro tiempo y nuestras energías, a lo que hay que añadir que generaremos un estado emocional en sintonía con la preocupación improductiva. Si optamos por elegir este enfoque negativo, es muy probable que esta actitud nos conduzca a la queja y al victimismo. Como partimos de la creencia de que no somos responsables de ninguno de los acontecimientos que suceden, somos incapaces de llegar a la conclusión de que no sólo se trata de buscar quién es el responsable, sino tener la constatación de que esta situación nos está afectando y que, por tanto, podríamos tratar de gestionarla de una forma diferente. Rechazamos cualquier intento de actuar porque pensamos que ninguna acción por nuestra parte merece la pena; por tanto, realizar cualquier esfuerzo nos parece inútil. Ante esta percepción, la opción más clara es lamentarnos de todo lo que ocurre y, claro, caer en el desánimo y generar frustración, rabia, enfado y en ciertos momentos hasta un punto de desesperación.

La pregunta mágica es ¿Cómo convivir con la incertidumbre en nuestra vida o en nuestro trabajo?

El cambio se produce cuando descubrimos que la clave está aceptar que la incertidumbre siempre estará ahí, y que es necesario seguir adelante, que nuestra felicidad no dependa de elementos externos y aprovechar las circunstancias inesperadas para descubrir nuevas oportunidades que, tal vez, mejoren nuestras expectativas.

Desvincular la acción del resultado de la misma. Lo importante es hacer cada pequeña cosa lo mejor que podamos y olvidarnos de los resultados concretos de esa acción. La vida no deja de sorprendernos, y  es muy probable que las cosas ocurran de manera diferente a como lo habíamos planeado.

Aceptar las situaciones y orientar nuestras acciones hacia todo aquello que, desde nuestro ámbito de actuación, podemos gestionar. Aceptar, que no hay que confundir con resignarse, nos permite partir desde la serenidad y nos da fuerza interior al saber que vamos a poner todo el esfuerzo, energía, ilusión y hasta pasión en todo aquello que queremos y sabemos que podemos hacer y eso, a buen seguro, nos va a hacer sentir mejor.

Fluir en nuestro presente, siendo conscientes de sólo podemos actuar aquí y ahora, ya que sobre nuestro pasado no podemos hacer nada, y nuestro futuro es todavía incierto. Rumiar sobre lo que ya fue o anticiparnos a lo que será, no nos aporta nada positivo.

Trabajar a fondo la resiliencia, nuestra capacidad de adaptación a las circunstancias, y de afrontar la adversidad. A menudo ante la incertidumbre nos decimos que debemos ser fuertes,  pero no es la fortaleza la que más nos va a ayudar, sino nuestra resiliencia. Si lo comparamos con las propiedades de los materiales, un objeto fuerte y rígido, ante una presión va a partir mientras que un objeto elástico se va a adaptar. Esa es la diferencia importante.

By Alicia Vallespi

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By Alicia Vallespi

Cómo evitar ponernos a la defensiva cuando recibimos una crítica

No todos reaccionamos igual ante las críticas, pero lo cierto es que la mayoría de nosotros las llevamos mal. Nos sentimos heridos, las rechazamos negándolas, o las recibimos como un ataque y nos ponemos a la defensiva, respondiendo desde la impulsividad, de forma visceral.

En el anterior post vimos cómo podemos decirle a alguien que no nos gusta lo que ha hecho; vamos a ver en éste la otra cara de la moneda, cómo evitar ponernos a la defensiva cuando somos nosotros quienes recibimos una crítica:

  1. Preparar nuestro estado emocional. A nivel corporal, es conveniente estar centrado, relajado. A nivel emocional, es importante estar abierto a escuchar, sin tensiones que podemos traer de otras experiencias. Lo peor que nos podría pasar es reaccionar a partir de la emocionalidad que corresponde a otra situación.
  2. Reconocer que son las opiniones del otro, no la “verdad”. Reconocer que las críticas son discutibles y que no necesariamente tenemos que coincidir con ellas. Pero, al mismo tiempo, reconocer también que son el resultado de nuestro comportamiento, que configuran una determinada identidad sobre nuestra persona, que quizá nos den la oportunidad de incrementar nuestra efectividad, corregir nuestras acciones, mejorar o aprender.
  3. Distinguir aquellas críticas que nos importan de las que no. A veces nos hacen críticas a las que no tenemos por qué conferir autoridad. Siempre habrá muchas personas que no estén de acuerdo con nuestro comportamiento y es imposible gustar a todo el mundo. Es importante, en consecuencia, evaluar que autoridad otorgamos a cada crítica.
  4. Tener apertura al escuchar. Las críticas tienen el poder de cerrar nuestra capacidad de escucha y de activar nuestros mecanismos defensivos. Debemos estar en alerta permanente para que esto no suceda y, de suceder, poder volver a la conversación o pedir su posposición. Más vale no seguir en la conversación si consideramos que ya no estamos en disposición de escuchar.
  5. Preguntar. Preguntar al otro todo aquello que no nos quede claro, clarificar todos los aspectos que necesitemos. Es posible que la crítica no sea clara o evidente. Esto no implica que tengamos necesariamente que discrepar de ella. Es posible que si preguntamos, descubramos que quien la emite tiene argumentos válidos a partir de antecedentes que no conocíamos o no valorábamos de la misma manera.
  6. Comprobar nuestra comprensión. Ofrecer a nuestro interlocutor nuestra interpretación sobre lo que está diciendo. No se trata de repetir sus palabras. Para comprobar la comprensión, hay que decir en nuestras propias palabras lo que consideramos que el otro nos está diciendo. Se trata, por tanto, de “parafrasear” lo que hemos escuchado.
  7. Comprender al otro aunque no estemos de acuerdo. Es importante distinguir el “comprender” del “compartir”. Puedo decir: “Entiendo porqué me dices eso. Y, sin embargo, no estoy de acuerdo contigo”, “Déjame que te exponga mi punto de vista y permíteme indicarte los antecedentes que tengo en cuenta”.
  8. Expresar al otro los puntos en los que estamos de acuerdo. Una importante contribución a una conversación que no es siempre fácil, es expresar al otro nuestros puntos de acuerdo, mostrarle que lo estamos escuchando, manifestarle que nuestras diferencias no son irreconciliables y que, al menos, estamos de acuerdo en algunas cosas. Decirle, por ejemplo: “En eso estoy de acuerdo contigo”, es una ayuda.
  9. Tomarse tiempo para responder. Es importante desconfiar de nuestra capacidad para controlar nuestros mecanismos defensivos, incluso cuando pensamos que los tenemos a raya. En muchas oportunidades es recomendable no responder inmediatamente a las críticas que se nos entregan y darnos un tiempo para reflexionar. Al darnos más tiempo, quizá veamos cosas que en el momento puede no sernos fácil observar.

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By Alicia Vallespi

¿Te cuesta decirle a alguien que no te gusta lo que ha hecho?

¿Te cuesta decirle a alguien que no te gusta lo que ha hecho? ¿Lo piensas y lo piensas sin saber cómo enfocar la conversación? O ¿Lo acabas diciendo de mala manera y generando un conflicto?

Al hecho de emitir nuestra opinión sobre alguien lo llamamos dar feedback, y podemos diferenciar dos tipos principales de conversaciones en este sentido; las primeras son aquellas en las que le reconocemos al otro un logro o algo que nos ha gustado mucho. Éstas en general no sólo nos resultan fáciles sino que son muy agradecidas. Generan energía positiva entre los integrantes de la conversación y retroalimentan la relación. Las segundas, sin embargo, aquellas en las que debemos expresar nuestro desacuerdo con el otro, decirle que no ha cumplido su parte de lo establecido o que no nos ha gustado su comportamiento, son más complicadas.

La realidad es que a nadie le gusta que le digan cosas como: “Eres un desastre”, “No me gusta cómo haces esto” “Este trabajo está fatal”, “Me decepciona tu actitud”, “Esperaba más de ti”… Ni nos gusta que nos lo digan ni a los demás les gusta escucharlo.  Para afrontar este tipo de situaciones de forma efectiva, debes tener en cuenta que en la comunicación es tan importante QUÉ dices como CÓMO lo dices. Por ello vamos a ver algunas pautas para que te resulte más sencillo expresar tu desacuerdo y evites que tu interlocutor se ponga a la defensiva:

  1. Buscar un buen momento y tener una buena disposición. Tener en cuenta que se trata de una tarea delicada que puede afectar la sensibilidad del otro, evaluar si el entorno es el más adecuado, y tratar de estar relajado.
  1. Crear empatía, comprender y reconocer. Crear un contexto adecuado. Explicitar el propósito de la conversación. Llevar a la conversación la visión y las inquietudes que compartimos, y nuestro compromiso común:

“Entiendo tu punto de vista…”

“Entiendo cómo te sientes…”

“Lo que me dices…”

“Entiendo que estés molesto…”

  1. Expresar nuestras opiniones de forma descriptiva, sin hacer valoraciones. Basar nuestras opiniones en comportamientos y/o hechos observables, y fundamentarlos:

“El hecho es X…”

“Ahora lo que estamos discutiendo es…”

“Después de los acuerdos del otro día…”

  1. Referirse a las acciones o los comportamientos del otro, no a su persona. Evitar las formas “Eres…”, en su lugar utilizar formas del tipo:

“Lo que has hecho…”

“Tal como has resuelto el asunto…”

“Las palabras que has dicho…”

  1. Dar información específica, sin generalizar. No utilizar términos generalizadores como: “Siempre”, “Nunca”, “Todo”, “Todo el mundo” …Sí concretar con términos como: “A veces”, “Últimamente”, “La última semana”, “Tres personas”, “Esta tarea en concreto”,…
  1. Hablar en primera persona, sobre cómo estas acciones te afectan, o en tu opinión tienen resultados negativos. No hablar por otros:

“A mí me parece”

“Me molesta…”

“Creo que eso…”

  1. No interpretar. No atribuir intenciones ni motivos al otro para actuar como lo ha hecho. Dejar que el otro exprese sus intenciones o motivos. Dejar tiempo al otro para responder.
  1. Indagar el punto de vista del otro, preguntar y escuchar.

“¿A ti qué te parece…?”

“¿Tú que crees…?”

“¿Cuál es tu punto de vista…?”

  1. Equilibrar la información negativa con la positiva (+ – +). Utilizar el modelo sandwich: decir algo positivo /lo negativo/ añadir otra cosa positiva. “Estamos mejorando mucho (+), sin embargo en estos días no hemos avanzado suficiente (-), creo que si nos ponemos de acuerdo lo podemos conseguir (+)”.
  1. Ofrecer sugerencias específicas de mejora, pedir cambios concretos en el comportamiento del otro, el feedback no nos debería servir para desahogarnos sino para modificar algo: “Seguramente si a partir de ahora nos comunicamos mejor …” “Podría ser una solución …”

Algunas personas creen que utilizar pautas como estas es dejar de ser ellos mismos, disfrazar la realidad o no decir realmente lo que piensan. No se trata de dejar de expresar nuestra opinión en ningún momento sino  de hacerlo de una forma respetuosa hacia el otro y siempre teniendo en cuenta el daño que puede ocasionar a la relación si lo hacemos “a la brava”. Lo que queremos conseguir es reconducir la conducta del otro, llegar a un acuerdo y mejorar el vínculo, ya sea personal o profesional.

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By Alicia Vallespi

La curva del bar de Davy ¿Motivados y satisfechos para siempre?

Al explorar en profundidad la carrera profesional de muchas personas, la evolución de muchas parejas, o de diferentes tipos de proyectos, observamos que, entre otros, aparecen de forma consistente estas cuatro situaciones que podemos ver en la imagen, cada una con diferentes dosis de motivación y satisfacción. Lo más interesante es que no suelen aparecer aisladas, sino relacionadas entre sí mediante una curva, y constituyen a menudo fases o etapas secuenciales no sólo en el trabajo, sino también en la carrera directiva, en las organizaciones y en otras facetas de la vida, como las relaciones afectivas.


Veamos las cuatro fases:
1. ¿Cuántas veces en nuestra carrera hemos abordado un gran proyecto, ilusionante y desafiante, al que desde el principio nos hemos entregado en cuerpo y alma, sin regatear tiempo y esfuerzo, antes de ver los primeros resultados? Nos encontramos en la fase I: Compromiso y Crecimiento (Motivado y no Satisfecho). Es la fase de aportar y aprender, y, a la vez, de gran dedicación, sacrificios personales y familiares, jornadas interminables o viajes agotadores. En esta fase, el salario emocional es alto y la persona pone en juego sus mejores capacidades y talento. Las vivencias de la persona en esta fase son todas las “y” de la motivación más fuerte y auténtica: entusiasmo, entrega, emoción, energía y endorfinas.

2. Otras veces, hemos vivido etapas de disfrute en las que, después perseverar en los esfuerzos iniciales y haber invertido mucho tiempo, energía y entusiasmo, hemos visto la luz al final del túnel: el proyecto funciona, hay resultados y empezamos a disfrutar de ellos. Los deberes se han hecho y se está consiguiendo el objetivo. Estamos disfrutando de la fase II: Consolidación (Motivado y Satisfecho). En esta etapa se consolidan el esfuerzo y dedicación de la anterior. Las vivencias personales de esta fase son de disfrute, madurez y plenitud del proyecto y misión cumplida. Y el peligro, sentir la “propiedad”.

3. Igualmente, a veces hemos sentido que después de haber culminado un proyecto, llevábamos ya un tiempo viviendo de él, saboreando y disfrutando con exceso las mieles. Lo más importante ya se había hecho y, poco a poco, nuestro día a día nos parecía más de lo mismo. Ya no había pasión ni entusiasmo. Llegamos a la fase III: Complacencia (Satisfecho y no Motivado). El espíritu, la mente y hasta el cuerpo engordan. A esto sigue la autocomplacencia, el estancamiento e incluso el “compromiso al revés”. Las vivencias de esta fase son de saciedad, de más de lo mismo, de estancamiento y de vía muerta. Siguiendo este camino, el paso a la siguiente fase ya está servido.

4. Y finalmente, también, por desgracia, hemos vivido etapas en las que las cosas cada vez nos aportan menos, nos aburrimos, no aprendemos y “nos cuesta levantarnos para ir al trabajo”, la maldita señal de alarma roja. Estamos en la fase IV: Decadencia (Ni satisfecho ni Motivado). Es la fase descendente y de deterioro, consciente o inconsciente, de posible degradación, hasta de destrucción según el caso. La cuesta abajo cambia progresivamente a caída en picado, casi irreversible. Las vivencias personales de esta fase son el aburrimiento, deterioro y frustración, a veces seguidas de depresión.

Esta es la historia del ciclo de vida de un producto, de la grandeza y caída de muchas grandes empresas, proyectos o parejas. ¿Es este el destino? ¿Qué hacer para no entrar en la zona de la desmotivación, no estancarse y no caer en la complacencia y en la decadencia?

La clave es el cambio y el reinventarse. Hay que renacer. Antes de llegar al punto máximo de la curva, hay que salir e iniciar una segunda curva, apostando por estar de nuevo motivados y aún no satisfechos. No es fácil salir de la primera curva, ya que todo nos invita a seguir allí. Pero lo que nos lleva al éxito también nos conduce al fracaso. Si seguimos el camino de la primera curva, comenzaremos a bajar y a caer en picado.
El secreto del crecimiento constante es empezar una nueva curva antes de que la primera se acabe. ¿Cómo lo hacemos? No es fácil, pero para eso nos puede ayudar una pequeña historia que, en forma de paradoja, le sucedió a Charles Handy:

Tratando de visitar las montañas Wicklow, cerca de Dublín y de su tierra natal, Handy estaba perdido por aquel lugar agreste y solitario, apenas señalizado. Se detuvo y preguntó el camino a un paisano.
– Es fácil, respondió éste. Siga este camino, hasta cruzar un pequeño puente. Después siga todo recto y al cabo de un rato llegará el bar de Davy. No tiene pérdida. ¿Está claro?
– Entendido. Todo recto hasta el bar de Davy.
– Bueno. Entonces, aproximadamente una milla antes de llegar, tuerza usted a la derecha, cerro arriba.
Handy dio las gracias y arrancó el coche dándose cuenta poco después de que la lógica no funcionaba. Después de pasar el puente, se preguntaba cuál de los caminos a la derecha debía tomar antes de llegar al bar de Davy. De lo único que estaba seguro era que si llegaba el bar había pasado. Le acababan de dar un ejemplo vivo de una de las paradojas de nuestra vida. Si seguimos marchando por el camino en que estamos, perderemos la vía del futuro y para cuando estamos seguros de donde deberíamos ir ya es demasiado tarde, ya que nos hemos pasado y ya hemos llegado al bar de Davy. La vida del explicamos hacia atrás, pero la vivimos hacia adelante.

¿Cuál es el lugar adecuado para comenzar la segunda curva ? Es el punto donde aún hay tiempo, recursos y energía para conseguir que la segunda curva supere las dificultades iniciales antes de que la primera curva comience a caer en picado. Esto parece claro si no fuera porque en ese punto todos los mensajes que nos llegan nos dicen que todo va estupendamente y que sería de locos cambiar cuando las recetas actuales funcionan tan bien.
Pero ¿Cómo sabemos en qué punto de la primera curva estamos? Uno mismo puede hacer su propia evaluación de su carrera, de su empresa, o de su relación, señalando con una X el lugar donde considera que está ahora. Casi invariablemente uno ha recorrido más trozo de la curva de lo que cree y está más cerca del punto B (camino del bar de Davy) que el punto A.
La apertura al cambio y a iniciar la segunda curva implica asumir siempre que estamos en A, cerca del punto culminante de la primera curva y que, por tanto, deberíamos empezar a preparar la segunda curva. Mantener las dos curvas vivas debería convertirse en una disciplina permanente.

Todo tiene sus altibajos y nada dura arriba o abajo para siempre. Mantener en equilibrio esta paradoja es conseguir que el pasado y el futuro coexistan en el presente.

Y tu, ¿En qué punto de la curva del bar de Davy te encuentras en este momento?

By Alicia Vallespi

¿Es tan malo el estrés como parece?

Un 84% de la población española sufre de estrés, una tendencia más alta entre las mujeres (87%) que entre los hombres (81%) y un 62% declara sentirse agotado al final del día, según un estudio sobre la percepción del estado de bienestar de la población que ha realizado la empresa de comunicación Nielsen.
Bien, esta es la gran noticia. Si perteneces al 16% de personas que no saben qué es el estrés quizá no te interese leer esto, aunque lo más probable es que estés en el porcentaje de las que sí.
Vamos a ver qué es el estrés y a valorar si el estrés es siempre negativo. Constantemente estamos usando esta palabra. “Estoy estresado”, “no me estreses”, “qué estrés”, pero ¿realmente sabemos de qué se trata?
El mecanismo del estrés es, en principio, fantástico, ya que nos ha permitido sobrevivir, de hecho no es más que la reacción que nos sirve  para adaptarnos a los cambios. Cuando sentimos que un acontecimiento nos exige un sobreesfuerzo, ponemos en marcha una serie de mecanismos bioquímicos que nos ayudan a obtener la energía que necesitamos para afrontarlo.
Lo vemos con un relato: Imagina por un momento que estás en medio de la sabana, y de repente, sin saber cómo, aparece ante ti un león, una bestia de un tamaño considerable que te mira como si fueras su primer plato, con unos dientes más que afilados, y una actitud amenazante que no induce a pensar nada bueno, … en este momento tu cerebro analiza todos los elementos de la situación, los compara recurriendo a su memoria y si entiende que no dispone de energía suficiente para responder , envía órdenes para que tu organismo libere adrenalina y otras sustancias parecidas. Tu cuerpo se prepara para responder, aumenta la frecuencia cardiaca, tus músculos se tensan y las pequeñas arterias que irrigan tu piel y los órganos menos críticos (riñones, intestinos) se contraen para disminuir la pérdida de sangre en caso de heridas y para dar prioridad al cerebro y los órganos más críticos para la acción (corazón, pulmones, músculos). Estás preparado para responder a la situación, bien sea huyendo o luchando, que son las dos únicas posibles respuestas que disponemos. Una vez has conseguido deshacerte de la bestia, tu organismo volverá a la normalidad.
Esta estrategia bioquímica de afrontamiento puntual es lo que denominamos estrés, y que cuando se prolonga más de lo necesario se vuelve peligroso, ya que es cuando se pone en marcha la fase de resistencia. El cuerpo se mantiene activo mientras dura la estimulación y, a pesar de aparecer los primeros síntomas de cansancio, sigue respondiendo bien. Pero si la activación, los estímulos y las demandas no bajan, el nivel de resistencia termina por agotarse y aparece la fase de alarma. A partir de los efectos de esta última etapa empezamos a hablar de distrés, es decir, de las posibles consecuencias fisiológicas negativas de esta reacción corporal.

El estrés se convierte en peligroso cuando aparece con frecuencia,

se prolonga de forma inusual o se concentra en un órgano del cuerpo.

Según Robert Sapolsky, autor del libro “¿Por qué las cebras no tienen estrés?”, el problema de hoy en los humanos es que en vez de estar continuamente pendientes de factores vitales (alimentación, fuga de enemigos …) estamos sometidos en mucha mayor medida a factores estresantes derivados de nuestras relaciones sociales, estas respuestas se dan ante temores más indefinidos y complejos, y además, se preparan con más antelación. Todos estos factores convierten el estrés puntual en estrés global, y para este último nuestro organismo está menos preparado.
A todo esto hay que añadir que nos hemos convertido en unos primates tan sofisticados psicológicamente que somos capaces de generar la misma respuesta de estrés simplemente al pensar, al imaginar una situación que no existe en este momento; me puedo estresar por una reunión que tendré dentro de una semana, por un hecho con posibilidad de no llegar a ocurrir, por una percepción mía que tal vez no coincide con la realidad,….
Por otra parte, también los últimos estudios dejan claro que el concepto del síndrome no depende sólo de factores externos. En nuestro ámbito vital, los síntomas aparecen más bien a partir del sentimiento subjetivo que nos producen los acontecimientos cotidianos. Las preocupaciones no nos afectan a todos de la misma forma, ante el mismo hecho unas personas se sienten desbordadas, y otras no. Para las primeras afrontarlo supone elevar el nivel de distrés, para las segundas, el de eustrés o estrés positivo. Según las investigaciones de Richard Lazarus, psicólogo, (Univ. California) es más importante la valoración que hace el individuo de la situación, que las características objetivas de la misma. El estrés surge como consecuencia de la puesta en marcha de ciertos procesos mentales. Si interpretamos lo que está sucediendo como peligroso o consideramos que nuestros recursos son insuficientes a la hora de afrontarlo, pondremos en marcha los mecanismos de alarma. De lo contrario, seguiremos estables. Para este autor, el distrés es “una relación concreta entre la persona y el ambiente que es estimada por el individuo como impositiva o que supera sus recursos y pone en peligro su bienestar”.

Al final siempre llegamos a lo mismo. No son las circunstancias o los demás los que te estresan sino tu forma de vivir la situación. Plantéate si merece la pena vivir continuamente con cantidades ingentes de adrenalina recorriendo tus venas y alterando el funcionamiento de tu organismos y tu cerebro y decide qué quieres hacer.

By Alicia Vallespi

¿Cuál es tu postura deprimida?

Si quieres que esto de estar deprimido te salga bien, la postura es muy importante.

Puedes intentar sentirte deprimido mientras sonríes, mientras miras al frente, mientras tienes la cabeza alta, y la espalda recta. ¿Un poco difícil, no?

Y a la inversa, ¿Puedes sentirte optimista, animado, con tu cabeza mirando hacia el suelo y tu espalda encorvada? También difícil ¿Verdad?

¿Qué postura adoptas para hacer determinadas cosas como pensar, imaginar, resolver un problema, tomar una decisión, proyectarte hacia el futuro o recordar el pasado?

¿Has pensado alguna vez cómo creamos nuestros estados internos?

Por una parte participan nuestras representaciones internas: lo que vemos mentalmente y como lo vemos, lo que nos decimos y escuchamos mentalmente y cómo lo hacemos.

Por otra parte, también juega un papel importante nuestra fisiología: la postura de nuestro cuerpo, el ritmo respiratorio, el grado de tensión o relajación muscular.

Y en tercer lugar, el más evidente, interviene nuestra conducta: lo que decimos o lo que hacemos.

Los tres aspectos están estrechamente relacionados entre sí y se influyen mutuamente. Nuestro cuerpo, nuestras emociones y nuestros pensamientos funcionan como una unidad, y lo que sucede en cada uno de ellos impacta en los demás. Por lo tanto, cambiando nuestra representación mental (nuestros pensamientos) podemos modificar nuestra fisiología y  conducta; y del mismo modo, cambiando nuestra fisiología, también podemos introducir cambios en las representaciones internas y la conducta.

Pensar positivo te hará sentir positivo y tu cuerpo lo reflejará. Pero también si adoptas una postura corporal positiva te sentirás mucho mejor.

Si quieres y te apetece experimentar, te animo a hacer pruebas contigo mismo:

  • Observa cómo te sientes en un momento determinado
  • Observa cuál es tu postura corporal en este estado
  • Cambia la postura y a ver qué pasa!

También puedes hacer el ejercicio inverso: colocarte en una postura determinada y observar qué estado interno genera.

Recuerda a Charlie Brown.

By Alicia Vallespi

¿pro-activo o pro-nomeresponsabilizo?

La idea de que estamos condicionados para responder de un modo particular a un estímulo concreto es aplicable a nuestras conductas más primarias, pero no para el resto. Ante cada cosa que nos pasa, tenemos la libertad interior de elegir la respuesta que queremos dar, y esta incluye los privilegios que nos singularizan como personas: autoconciencia, imaginación, conciencia moral y voluntad independiente. Tomar la iniciativa y responsabilizarnos de nuestras propias respuestas y de nuestras vidas es ser proactivo. Esto supone asumir nuestra responsabilidad. Responsabilidad también significa asumir las consecuencias de nuestras conductas o respuestas.

Cuando explico esto en mis cursos o talleres, siempre espero un momento para seguir hablando, porque suele  intervenir alguien diciendo algo como: “Claro, eso es muy fácil de decir…”, o “Eso que dices es fácil para las cosas sencillas, pero para las complicadas … “. Cierto, es fácil de explicar, y también es muy fácil de entender, pero no estoy en absoluto de acuerdo en que sea aplicable sólo para las cosas del día a día, aquellas en las que no nos jugamos mucho; al contrario, cuando es importante y necesario es en aquellas situaciones “difíciles” que nos ponen al límite. Ahí vale la pena tener entrenada esta competencia personal. Yo no digo que sea fácil de aplicar, no lo es, pero es muy saludable para nuestro bienestar y el de los que nos rodean.

Ninguna circunstancia, y ninguna es ninguna, lleva escrito en ninguna parte cómo debemos reaccionar cuando sucede, o ¿Porque diferentes personas responden de forma diferente ante la misma situación? La respuesta no depende de la situación, sólo depende de nosotros. Soy consciente de que esto suena a frase hecha, pero es así, sencillo y claro. Somos nosotros los que le damos a lo que nos sucede un significado de sufrimiento, de angustia, de insoportabilitat, de aceptación o incluso de oportunidad.

Me gusta poner el ejemplo de aquella madre que ante los comportamientos disruptivos de su hijo me decía: “Alicia, mi hijo me pone muy nerviosa” y yo le contestaba: “No, no es tu hijo que te pone nerviosa, tú te pones”. Ella creía que no la estaba entendiendo, y me volvía a repetir lo mismo. Claro que la entendía, lo que le quería explicar es que no es el niño el que con su conducta dispara los nervios de la madre, sino que la madre es la que está decidiendo perder la paciencia ante el comportamiento del hijo.

Cuando otorgamos a los demás o a las circunstancias el poder para hacernos sentir o responder de una forma tóxica para nosotros, también les estamos otorgando la fuerza para hacer con nosotros lo que quieran, les estamos cediendo nuestro poder interno, y en consecuencia nosotros quedamos anulados para decidir. Esta es la actitud reactiva. Una actitud en la que los demás tienen la culpa de lo que nos pasa, y nosotros no somos responsables de nada. Los adolescentes de eso saben mucho, cuando dicen cosas como “el profe me tiene manía”, “el profe me ha suspendido”… depositan toda la responsabilidad en el otro y ellos quedan fuera, como si no formaran parte de la situación.

Si nuestras vidas se desarrollan en función de los condicionamientos, es porque -por decisión o por omisión- hemos elegido otorgar a algo o a alguien el poder de controlarnos y es entonces cuando nos volvemos reactivos. Las personas reactivas se ven constantemente afectadas por su entorno físico, social, por sus circunstancias, por sus sentimientos. Las personas proactivas llevan con ellas su propio clima y aunque se ven influidas por los estímulos externos, su respuesta es una elección desde su libertad interior.

“Lo que nos duele, más que lo que nos pasa, es nuestra respuesta a lo que nos pasa”.

S.R. Covey

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By Alicia Vallespi

En modo ON

Te presentamos nuestro proyecto. Mind On Training Systems es el fruto del trabajo de los últimos años en la formación, la asesoría y la consultoría tanto a nivel personal como de organizaciones y empresas. El objetivo de este proyecto es unir las aportaciones de diferentes técnicas como el Coaching, la PNL, el Mindfulness, la Inteligencia Emocional, el Neurofeedback o el Brain Training en un trabajo multidisciplinar que multiplique los resultados de nuestros clientes.

Desde Mind On entrenamos las competencias personales y sociales, y contribuimos al desarrollo de todo el potencial de las personas como individuos o equipos. Ofrecemos programas en cuatro áreas de actuación:

  • LIFE: Desarrollo de programas de entrenamiento orientados a la optimización de la vida de las personas en diferentes situaciones.
  • ORG: Programas de entrenamiento dirigidos a los equipos y las empresas.
  • EDU: Programas de entrenamiento para centros educativos y para familias. Desarrollo de programas de educación emocional.
  • SPORT: Programas de entrenamiento para deportistas y clubs deportivos.

El trabajo conjunto de los profesionales que integramos Mind On genera las mejores  sinergias para que nos podamos adaptar a las necesidades de nuestros clientes y que puedan alcanzar sus objetivos con eficiencia y efectividad.

Si te gusta el proyecto, te invitamos a seguirnos en las redes sociales.

En Facebook:  www.facebook.com/mindontraining

En Twitter: @mindontraining

Muchas gracias por seguirnos.

El equipo de Mind On Training Systems

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